El Alto de la Tornería me sorprendió por su dureza. A la vista del perfil me esperaba algo similar al Castillo de Loarre pero creo que es un puerto de una dureza más que considerable. Me sorprendió ver a gente ya con la bicicleta en la mano y me enfadó muchísimo el reguero de desperdicios (principalmente los plásticos de los geles) que ensuciaba un paisaje imponente. Al igual que me pasa cuando alguna vez acudo a una carrera por montaña, creo que habría que ser implacable con los marranos. Tolerancia cero.
Vale la pena dejar constancia también de la sonrisa que me arrancó el comentario de un espectador que, al ver mi dorsal (el 123) me espetó "Venga, que para esto te apuntaste de los primeros"
Subí junto a C. prácticamente todo el puerto. Sólo al final alegró un poco más el ritmo y se me fue unos metros, aunque pudo jalearme desde lo alto de una de las últimas curvas de herradura.
Bien pegadico a la derecha y sin mucho tráfico fui bajando con mucha precaución. Lo cierto es que las zonas peligrosas estaban muy bien señalizadas, como una curva que me recordó sobremanera a la curva que hay en la bajada de Sabayés a Nueno y a la que tengo especial tirria. Ya casi al final de la bajada, en el punto más crítico, una ambulancia detenida indicaba que los muchos avisos de la organización habían sido insuficientes. No tuve tiempo de ver al corredor pero sí de concentrarme en convencerme de que no era ninguno de mis allegados. No.
El Alto de Ortiguero y rumbo a Covadonga
A diferencia del primer puerto, el segundo me pareció mucho más suave. O eso o que me lo tomé con muchísima calma. Consciente de que mis compañeros se me habrían distanciado en la bajada más de lo que podría recuperar, me relajé, puse un desarrollo cómodo y esperé a encontrar un grupo en el que integrarme. Vi varios cicloturistas parados arreglando pinchazos, más de los que hubiera esperado. Paré a quitarme el chubasquero y comí una barrita de chocolate que llevaba antes de empezar a subir. Mandé un nuevo mensaje en el que decía algo así como "voy de lujo". La inexperiencia en marchas cicloturistas me había hecho estar bastante preocupado por los pelotones de la salida y el descenso de la Tornería. Había superado ambos miedos y me sentía optimista.
A poco de coronar, nuevo avituallamiento y alegrón al ver nuevamente a C., que me estaba esperando. Recarga de isotónica, hojaldre a la panza y vuelta a la bici, no sin precaución porque vimos un par de caídas de gente al arrancar en subida terminaba yéndose al suelo.
La bajada del alto de Ortiguero me pareció sencilla. Pude seguir el ritmo de C. e incluso al final aún me terminé animando - cuestión de peso- a dar algún relevo. El asfalto, eso sí, era bastante rugoso en algunos tramos y provocó algún que otro exabrupto de C.
Ya cerca de la rotonda que enfilaba hacia Covadonga me quedé un poco cortado pero no me importó mucho porque quería parar a quitarme el chubasquero y de paso soltar todo el lastre líquido de cara a lo que me quedaba por delante. Aproveché la parada para quitarme las gafas de sol y continué la parada. Enseguida un grito de C. me señaló un avituallamiento, cuyo desvío vi tarde. Di que iba servido de todo y acaba de parar hacía un momento, con lo cual no me preocupé en absoluto.
La Santina y la ascensión a los Lagos
Los primeros aparcamientos vaticinaban que el inicio de la ascensión a los Lagos estaba cerca. Enseguida, pude ver a la derecha el santuario de la Santina. Tan imposible como describir lo sentido me será olvidarlo.
Poco a poco empezaba a verse más gente animando a los lados de la carretera. Poco antes de la alfombrilla que marcaba el inicio del cronometraje de la subida, C. hizo una paradiña: al fin y al cabo, luego compararíamos los tiempos de ascenso de unos y otros.
C. sube más alegre y yo me concentro en encontrar mi ritmo. Me siento fenomenal. Voy adelantando a bastantes cicloturistas y me anima mucho la gente que hay a ambos lados de la carretera. Me parece escuchar unas voces familiares pero no termino de creerlo pues espero que I., N. y Á. hayan podido subir más arriba, a la zona de la Huesera. Sin embargo, al girar la herradura del Mirador de los Canónigos ahí están. Es una rampa dura y me animo. No puedo parar aunque me gustaría. Reviso el pulsómetro no sea que me haya animado demasiado. Todo en orden.
Voy cruzándome con un reguero de ciclistas que ya han terminado la prueba. En algunos momentos, veo situaciones peligrosas ya que algunos ocupan prácticamente toda la calzada sin ser conscientes de que cuando subes no es sencillo maniobrar.
Un cartel indica un porcentaje descomunal. No he querido meterme el perfil en el GPS para no agobiarme. Pienso si será la Huesera y efectivamente lo es. Me he guardado el último piñón para esa zona, aunque también mantengo en la cabeza que el puerto no termina ahí, que no me puedo cebar. Pongo el piñón y me levanto del sillín para cambiar de postura. En ese momento me cruzo con M. que ya baja tranquilamente y cuando escucha mi saludo se pone a darme ánimos, ánimos que sigo escuchando durante un buen rato y que me llevan a pensar que incluso haya dado la vuelta para subir conmigo (menos mal que no). La pendiente es tan pronunciada que siento como si la bici me empujara hacia abajo, pero el hecho de ir adelantando a gente y encontrarme con tan buenas sensaciones me hace superar ese tramo. Mi mente ya piensa en el Mirador de la Reina.
En la herradura anterior al citado Mirador, echo la vista atrás y pienso en todo lo que he recorrido. Pienso que salvo descalabro voy a llegar. Animo a un corredor al que adelanto y me dice que todavía queda mucho. No sé si por esa frase o por cansancio, comienzo a preguntar compulsivamente cuánto queda a la gente que bajaba, obteniendo respuestas bastante dispares. En ese momento, un espectador me da una información tan concreta como alentadora: "300 metros y tienes un llano". Miro el cuentakilómetros.
Enseguida me cruzo con J. y su hermano. Echan un grito de lejos y yo cierro el puño en señal de victoria para que sepan que voy bien. Me dicen que lo tengo hecho, una bajada y un último repecho.
Siento como ha bajado la temperatura con la niebla pero apenas me molesto en subirme los manguitos. Sólo pienso en llegar y realmente estoy con la moral por las nubes. En el tramo de bajada, nuevamente máxima precaución porque los corredores que regresaban ocupaban mucha calzada. Llego al Lago Enol, del cual la niebla sólo me permite ver una esquina pero no me importa demasiado. Afronto el último repecho y veo a lo lejos el final y a mi hermano C. que me espera en la línea de llegada. Vuelvo a cerrar el puño y llego a meta. Le pregunto a C. si ha visto llegar a S. y M. y me dice que no. Me sorprende y en parte me preocupa aunque sé que estarán bien. C. me pide que me dé prisa porque hace mucho frío y lleva un rato esperando así que apenas me hace un par de fotos e intento llamar sin éxito a I. bajamos hasta el avituallamiento de meta. Allí, parada express para coger una bebida, ponerme el chubasquero y comenzar la bajada.
El descenso fue, de largo, lo peor del día. Terminé sin apenas sentir las manos y helado de frío pero todo se compensó cuando a pocos metros de la rotonda de acceso al Santuario nos juntamos todos y nos fundimos en un abrazo. Habíamos conseguido nuestro objetivo: terminar todos la marcha. No podíamos pedir más.
En resumen...
Desde mi punto de vista, una marcha fantástica, muy bien organizada y en un lugar precioso. Pero sobre todo, la culminación de un reto compartido con gente muy especial a la que ahora me siento más unido si cabe. Un recuerdo estupendo de esos que permanecen en la memoria de por vida.
Gracias :-)
















